Página de aula de lengua y literatura de Educación Secundaria

Los que no somos gigantes -la gran mayoría de los seres humanos- tenemos que ir supliendo nuestras carencias a base de esfuerzo y de ir ingeniándonoslas en muchos aspectos. De qué manera y en qué dirección, cada uno va supliendo sus propias carencias, eso dependerá ya del gusto y las particularidades de cada cual. Si investigaba en los ámbitos que me interesaban a mi ritmo y a mi gusto, asimilaba técnicas y conocimientos de un modo extremadamente eficaz (1)

Espero que esta carpetadelc te ayude a crear tu propio recorrido.

(1) Adaptado de De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki MURAKAMI

14.5.20

Don Quijote confinado

Percibo todos los días que algo no funciona bien en mi amor a los libros. No funciona bien la literatura en mi cabeza ni tampoco lo hace el cine. Veo buenas películas, pero algo falla, algo se ha roto. Y lo más paradójico es que me alegro muchísimo de que mi amor a los libros se hunda. La literatura, el cine, el arte funcionan como preámbulo de la vida. Que haya notado el descalabro de la literatura en mi interior significa que amo más la vida que los libros, cosa que me alegra.

La literatura no funciona en mi cabeza en estos momentos porque la vida ha dejado de existir. Uno lee libros para poner en práctica lo leído a través de la vida. No se ha movido ni un ápice la teoría aristotélica que afirma que la literatura es una imitación de la vida. Muy jovencito me aprendí el célebre poema Pandémica y celeste, de Jaime Gil de Biedma, para hacerme el interesante con las chicas, es decir, para devolverle, restituirle a la vida ese poema. Y así con todos los libros que iba leyendo. Los leía, y luego los reintegraba a la vida. Pero ahora no hay vida a quien retornar y rendir la literatura. Si Walt Whitman me exaltaba, yo reembolsaba esa exaltación a la vida. Si leía a Baudelaire, era para ser un dandi como él. Si con Cervantes y Kafka viajaba al abismo de la imaginación, era para luego tener un mapa que me permitiera navegar el abismo de la realidad. Seguimos leyendo porque pensamos que la covid-19 acabará. Que terminará esta Edad Media con Internet, que es lo que tenemos ahora. Si no llegara la vacuna, si esto no terminara nunca, la literatura se desmoronaría.

Tendríamos que preguntarle a Aristóteles qué puede hacer la literatura cuando no hay vida a la que imitar.El deber de un escritor hoy es recordar que hemos perdido la libertad. Bien poca gracia me hace cantar el Resistiré del Dúo Dinámico y pensar que estoy viviendo una aventura épica, porque lo que en verdad estoy viviendo es un delirio de subdesarrollo político, sanitario y económico. Por cierto, podrían haber elegido otra canción. Por ejemplo: Lucha de gigantes, de Antonio Vega, que es hermosísima. El mundo es mucho peor que ayer. Ni siquiera tenemos palabras para decir lo que estamos viviendo. Se han inventado esa palabra eufemística que no sale en el diccionario: desescalada.

Al menos, he hecho un descubrimiento: es mejor leer el Quijote empezando por la segunda parte, y después leer la primera. Que por qué llevo tan mal el confinamiento. Pues por la misma razón que lo llevaría mal Don Quijote, que leyó literatura para llevar los libros a la vida, para convertir la vida en arte. Imaginadlo confinado. Don Quijote es el gran lector de libros y los leyó para embellecer la vida.

(Manuel Vilas, El País, 05/05/2020)

Lean, ahora, más que nunca

Lean, ahora, más que nunca. No lean La peste de Camus para que les cuente lo que está pasando, sino porque es Camus, y es una obra que debería ser leída. No lean libros para escapar de la realidad, porque en la lectura, no se cumple lo de que quien busca, halla, sino que sucede al revés, es el libro el que decide concedernos o no un respiro. No digan estoy leyendo ahora todo lo que no he podido durante estos meses, porque entonces demostrarán hasta qué punto les importa poco la lectura. Los libroadictos necesitan su dosis cada día, y si no pueden tenerla, andan malhumorados y cariacontecidos, esperando el aire fresco de la puerta abierta de unas líneas.

Puede ser que ahora tengamos más tiempo, pero a lo mejor menos sosiego, o no valoramos ese rato dedicado a las páginas como deberíamos. No digan, estoy aprovechando para releer el Quijote, como si fuera necesaria una cuarentena para volver al único libro que parecen conocer muchos de nuestros políticos. Lean lo que quieran. Echen de menos las bibliotecas, ahora sí, ese lujo que no hemos sabido valorar nunca. Piensen en todos esos libros allí guardados, en los estantes llenos de huecos de todos los préstamos que tenemos en nuestras casas, en los pasillos vacíos de estudiantes y silenciosos sin el rumor maravilloso de hojas que se pasan con cuidado.

Piensen también en las librerías, en los tesoros que aún pueden comprar por internet en algunas de ellas, para no hundir más un barco bastante tocado. Lean sin pudor, lo primero que cojan, lo que estuvo de moda y no se atrevieron, lo que nunca va a estarlo, desempolven sus viejos libros de la carrera, Séneca, por ejemplo, es una opción magnífica, aunque tampoco haya que ponerse estupendo.

Disfruten de Guillermo el travieso, intenten (ya se lo digo yo, sin éxito alguno) compartirlo con sus hijos, o hagan al revés, lean lo que están leyendo ellos. Huyan de sí mismos durante unas líneas. Si el libro es bueno, el viaje será más largo, pero a veces, hasta una vuelta al pasillo sirve para olvidar la opresión del agobio. Lean. Me da igual qué libro elijan. En todos surge ahora mismo una invitación a disfrutar de un mundo paralelo a años luz de la ficción que era nuestra realidad no hace tanto tiempo.

(Pilar Galán Rodríguez, El Periódico de Extremadura, 07/05/2020)

Trabajos, exámenes, evaluación y otros

La educación “online” incrementa las posibilidades de hacer trampas e incluso la suplantación de identidad. Profesores y expertos coinciden en que hay que cambiar la manera de evaluar en estas circunstancias.

“Chicos os comparto cinco apps para hacer los deberes y acertar todo en los exámenes”. Así arranca uno de los cientos de vídeos de Tik Tok que han invadido las redes sociales el último mes. En un minuto, los alumnos comparten trucos para acertar los exámenes, hacer resúmenes automáticos, resolver problemas matemáticos, analizar sintácticamente frases, o traducir del latín. Hay cientos, con etiquetas como #trucos #clasesonline, y la mayoría llevan un trabajo de edición concienzudo. Y muy eficaz.

Estos vídeos demuestran que la ética es una tarea pendiente, pero que las competencias digitales de los alumnos son más evolucionadas que las de algunos docentes. “Acabo de terminar mi examen de mates y lo he copiado enterito”, confiesa Carla, 16 años, estudiante de 4 de ESO de Madrid. En su centro les obligan a poner el móvil apuntando al cuaderno y la profesora vigila desde la pantalla. “No te pueden controlar. Si quieres hacer trampas, las haces. Y ahora con las plataformas más”, dice. Para copiar ha usado tres cuadernos fuera de plano y el móvil de su madre para compartir las respuestas en el grupo de Whatsapp. “No me da cargo de conciencia, me pasé la tarde estudiando y no entendía nada. Es mucho más difícil aprender a distancia. Estaba agobiadísima y me ha salvado”, explica.

 

Imposible hacer exámenes 100% seguros


Los especialistas en ciberseguridad coinciden en que es imposible hacer exámenes 100% seguros. “Existen aplicaciones que analizan el comportamiento al otro lado de la pantalla y el porcentaje de posibilidades de que los alumnos hayan copiado, pero es difícil implantarlas para millones de alumnos”, dice Eduardo Cruz, especialista en ciberseguridad y consejero delegado de la aplicación de control parental Qustodio. Una de ellas es el navegador Respondus LockDown Browser: impide copiar datos, ir a otras URL o utilizar otras aplicaciones, y envía un informe de vídeo y audio de cada alumno con una estimación de fraude. Como es imposible de aplicar en el sistema educativo, Daniel C., profesor de robótica e inglés en Mérida, señala que las facultades de informática han optado por lo analógico, que permite al menos comprobar la letra de quien hace el examen: “Los alumnos hacen las pruebas con tiempo muy limitado, en papel y a mano, y luego las escanean y se las envían a su profesor”.
Cuando a Rafael Rodríguez Rubio, del instituto IES Ramón Carande de Sevilla, le llegaron estos vídeos le escandalizó que alardearan de hacer trampas, pero le fascinó “su capacidad de superar problemas de forma cooperativa, solidaria y con las herramientas a su alcance; demuestran mejor que cualquier test sus competencias para el siglo XXI”. Rafael cree que en el fondo están cuestionando cómo se les examina: “Debería ser un proceso de mejora y no solo de números”. El problema es que la adaptación del sistema educativo a esta situación ha sido forzada, rápida y sin tiempo para pensarla: “Ha habido muchos desajustes. Para algunos profesores lo fácil es tirar de los reyes godos y olvidamos lo más importante, que son los procesos”, señala Rodríguez Rubio.

Para Carla es insultante que les evalúen con un test: “Los exámenes online no tienen sentido. La profesora no sabe si he entendido la II Guerra Mundial si me pregunta por fechas, nombres y batallas, que están a un clic. Molaría que hubiera retos, que tuviéramos que aplicar lo aprendido a los campos de refugiados, por ejemplo. Pero sería más difícil de corregir que un cuestionario de Google”. Aunque reconoce que los exámenes tienen menos peso que antes, pero siguen siendo importantes.

José Miguel Sáiz Gómez, asesor de tecnología en un centro de Formación del Profesorado de Cantabria y responsable de formación online de la consejería ofrece algunas pautas para que la evaluación dé un retrato cercano al desarrollo de los alumnos. “Varias pruebas y más breves, con tiempo acotado, preguntas aleatorias y varios modelos de examen. Y pruebas de respuesta abierta, donde tengan que sacar conclusiones, relacionar y aportar experiencias personales”, explica.

 

Sin exámenes convencionales


Susana López Romero es profesora en un instituto en Cádiz y ha prescindido de los exámenes convencionales. “Les dejo usar todo el material y que resuelvan supuestos”, explica. “No tiene sentido que memoricen 40 leyes que van a cambiar mañana. Es mejor que sepan dónde buscar información veraz, y aplicarla en un mundo cambiante”, concluye. Otra propuesta es que apliquen lo aprendido a su realidad, como dice Carlos Medina, profesor de Historia en Elche: “Deben saber cómo el aprendizaje les es útil para cambiar su mundo. Los test no evalúan la capacidad del alumno de superar un problema”.

En el colegio de Sara, ni siquiera les obligan a encender la cámara para hacer el examen online, así que su madre respondió por ella una prueba de francés: “Bueno, fue un poco a medias”, confiesa. Ella a su vez resolvió el examen de inglés de su hermano. “Él sí que tenía que encender la cámara, pero no el micro, me puse a su lado fuera de plano y le dicté las respuestas”, explica esta alumna de cuarto de Secundaria. Dani C. cree que las familias apoyan a sus hijos aplicando el sentido común que a veces el sistema no aporta. “Si esa niña tiene que sacar una nota imposible para hacer medicina, es normal que su madre le ayude con el francés, que no es determinante y puede penalizarle”. Para este profesor hay algo también de desafío frente a un sistema injusto. “Les cabrea y lo revientan con las armas a su alcance. Están utilizando técnicas muy inteligentes: trabajo en grupo para un objetivo común, optimizando el aprendizaje y compartiéndolo”, explica este docente.

A Sara le enfadó y le alegró a partes iguales descubrir que su profesora de literatura había copiado de internet un examen. Tenía que responder varias preguntas sobre San Manuel Bueno Mártir, de Miguel de Unamuno: “No me lo había leído pero copié una de las preguntas en google y me llevó a una página con 50 preguntas y respuestas sobre el libro; solo tuve que reescribir las respuestas con mis palabras para que no se notara”.

Eduardo Cruz propone integrar la tecnología de forma creativa: “El medio que usan estos estudiantes debería ser parte de la solución. Si en lugar de un examen se les planteara hacer un vídeo TikTok sobre un libro tendrían que investigar, hacer un buen guion, resumir y pensar”, explica este especialista. Y concluye admirado: “Estos chavales están rompiendo con lo establecido y cuestionándolo. Les parece absurdo así que están haciendo su revolución”.

El lujo de la interacción humana

En 30 años de servicio, nunca había imaginado clases, exámenes ni graduaciones a través de una fría pantalla. Siento la incomodidad del que vive en un mundo en el que ya no se reconoce.

Me inspiran terror los elogios que están desgranando en estas semanas los corifeos de lo virtual y de la enseñanza telemática (entre ellos, por desgracia, el ministro de Universidades, Manuel Castells). Ese es un peligroso caballo de Troya que, aprovechando la pandemia, trata astutamente de derribar los últimos baluartes de nuestra intimidad y de la enseñanza. Por el contrario, en medio de tantas incertidumbres, yo he madurado una certeza: el contacto con los alumnos en el aula es lo único que puede dar verdadero sentido a la enseñanza e incluso a la propia vida del docente. En 30 años de servicio, nunca había imaginado clases, exámenes ni graduaciones a través de una fría pantalla. Y, mientras algunos colegas se deshacen en elogios sobre la didáctica del futuro, yo siento la incomodidad del que vive en un mundo en el que ya no se reconoce.

No hablo de la situación de emergencia: ahora es inevitable adaptarse a lo virtual para salvar el curso del desastre. Me refiero al coro de cantores del progreso, los profesores gestores y las universidades telemáticas cuya publicidad inunda desde marzo las televisiones y los periódicos. Hay quien se muestra exultante porque considera que el coronavirus es una oportunidad para dar el tan esperado salto adelante y quien, por el contrario, piensa con tristeza en que es imposible enseñar sin la presencia de sus alumnos.

Por eso me da una pena terrible pensar en el riesgo de que, en otoño, haya que reanudar los cursos utilizando la didáctica digital. ¿Cómo podré arreglármelas sin los ritos que han dado vida y alegría a mi oficio desde hace decenios? ¿Cómo podré leer un texto clásico sin mirar a los ojos a mis estudiantes, sin reconocer en sus rostros los gestos de desaprobación o de complicidad? Basta una pregunta para hacer que pensemos en lo que hemos hecho mal. Porque los profesores también son estudiantes, y aprenden. Las escuelas y las universidades, sin la presencia de alumnos y enseñantes, se volverían espacios vacíos, privados del soplo vital.

En estos meses de confinamiento estamos dándonos cuenta como nunca de que las relaciones humanas —no las virtuales, las reales— están transformándose, cada vez más, en un artículo de lujo. Lo profetizó Saint-Exupéry cuando dijo que “no existe más que un verdadero lujo, el de las relaciones humanas”. Ahora podemos medir eficazmente la diferencia entre emergencia y normalidad. Si bien, en la emergencia de la pandemia, encerrados en casa, las videollamadas, Facebook, WhatsApp y otros instrumentos análogos se convierten en la única forma de mantener vivas nuestras relaciones, cuando lleguen los días normales, esos mismos instrumentos pueden conducir a peligrosos espejismos.

Es una simpleza pensar que la amistad con un perfil social puede coincidir con un clic. Tampoco conversar en las redes es lo mismo que cultivar afectos. Una relación, para ser genuina, necesita lazos vivos, reales, físicos. Y lo mismo ocurre con los usuarios de las redes sociales que creen que, encerrados en su habitación, pueden entablar relaciones a través de un ordenador: detrás de la conexión permanente con los demás, lo que acaba por formarse es una nueva forma de terrible soledad. Sería inimaginable vivir sin Internet o sin teléfonos. Pero la tecnología, como un pharmakon, puede curar o intoxicar; depende de la dosis. En The New York Times, Nellie Bowles cuenta que el uso de los dispositivos de este tipo en Estados Unidos está disminuyendo en las familias ricas y aumentando en las pobres y de clase media. Las élites de Silicon Valley envían a sus hijos a colegios donde se da prioridad a las relaciones humanas, más que a la tecnología. Entonces, en el futuro, ¿el lujo de la interacción humana estará cada vez más reservado a los vástagos de los ricos y lo digital y virtual a la formación de los menos pudientes?

(Nuccio Ordine, profesor de la Universidad de Calabria; traducción de María Luisa Rodríguez Tapia, El País, 02/05/2020)

Modelos de enseñanza híbrida

Comienza la era post. En un ejercicio de proyección de futuro todo se articula en torno al cambio que viene, dándolo por hecho, como si la situación de crisis que vivimos fuera un resorte automático para la transformación de los diferentes sistemas sociales, las relaciones entre las personas, nuestra forma de estar y concebir el mundo.

En el terreno educativo el debate ha pasado en breve plazo de decidir cómo cerramos este trimestre a analizar cómo va a ser, después de todo lo que está ocurriendo, la educación del futuro. Se habla ya de la educación post-covid. En ese escenario la tecnología juega un papel clave. El discurso de la digitalización, la necesidad de que la innovación tecnológica aterrice de forma definitiva en las escuelas, se ha impuesto a golpe de virus. Al mismo tiempo la situación derivada de la crisis ha puesto de manifiesto, de un modo más claro que nunca, lo absolutamente necesaria que es la dimensión humana en el proceso educativo.

Resulta evidente que la digitalización va a ser fundamental para afrontar el día después de la actividad educativa. Nos dirigimos hacia modelos de enseñanza híbrida que combinen la educación ‘online’ y la presencial. Es necesario, por tanto, implementar procesos de digitalización en los centros, impulsados —y financiados— desde las Administraciones educativas. No se trata solo de combinar lo presencial con lo digital, sino de dar otro significado a la presencialidad. Frente a las voces que cuestionan la escuela actual, el auténtico replanteamiento del futuro educativo pasa por la identificación y puesta en valor de aquellas dimensiones de la práctica docente estrictamente humanas que ninguna alternativa virtual puede sustituir. Es ahí donde la educación se juega de verdad su futuro.

(Ainara Zubillaga, Directora de Educación y Formación de la Fundación Cotec)

Oficina, teletrabajo y género

De la noche a la mañana, las plantillas que teletrabajan en España han pasado del 4% al 88%. Empezamos a normalizar que se puede trabajar en remoto, y a ver que, para muchas personas, el viaje a la oficina (lo que en inglés se llama commute) no volverá en mucho tiempo, o nunca. Porque puede que algunas empresas vuelvan a la presencialidad, pero otras no. Así que quizá podamos aprovechar para explorar nuevos modelos, por ejemplo, oficinas compartidas (coworking), descentralizadas, facilitadas por las empresas, pero en nuestro pueblo o barrio.

Si el teletrabajo se va a generalizar, habrá que dejar de tomarse a la ligera algunas cosas. Por un lado, la ciberseguridad. La cantidad de documentos confidenciales, datos personales de terceros e información corporativa que circula estos días por Whatsapp, Telegram o redes inseguras da para varias temporadas de Black Mirror. En EE UU ya hay empresas que exigen a sus empleados que durante la jornada laboral apaguen sus asistentes personales tipo Siri o Alexa, y que trabajen en habitaciones separadas o con redes encriptadas.

Por otro lado, los derechos laborales: ¿Quién provee los medios? ¿Cómo cuidamos la salud laboral en casa? ¿Cómo controlamos horas y rendimiento? Finalmente, la precariedad. En casa y con malas perspectivas económicas, muchos se verán abocados a ofrecer su tiempo en plataformas globales de micro-trabajo sin regular.

El teletrabajo puede ser maravilloso si eres un hombre joven sin cargas. Pero trabajar fuera de casa es una conquista social y un igualador. Con el confinamiento, millones de mujeres están descubriendo que el teletrabajo amplifica hasta el estruendo desigualdades sociales y de género.

(Gemma Galdón, Doctora en Políticas de Seguridad y Tecnología y directora de Eticas Consulting, “Nuevos modelos de oficinas”, El País, 03/05/2020)

La educación tras la pandemia

El impacto del coronavirus en la educación está siendo enorme. Los ecos y las primeras preocupaciones han sido, lógicamente, sobre el modo de atender lo inmediato: cuándo se retomarán las clases, cómo remediar los efectos de este parón, de qué forma cerrar el presente curso y cómo acceder al siguiente. Todo ello sometido aún al temor de posibles contagios.

Es natural que esas sean las prioridades, como lo es tranquilizar respecto al riesgo de pérdida de curso. Encuéntrense, pues, soluciones y medidas ajustadas a esta insólita circunstancia.

Sin embargo, hay un más allá bastante próximo. Pensemos que tras el verano empieza el nuevo curso. ¿Cómo se va a plantear? ¿Aplicando el patrón normal, con algún refuerzo o repaso que sea una manera de retomar esa normalidad anterior? Bueno, no es poco. Pero no debería bastar, sería deseable hacer más…

El impacto sobre la vida de las gentes va a ser de los que, desgraciadamente, marcan época. Y la educación no es, no debería ser, solamente una atención de los menores y una mera adquisición de más o menos conocimientos. Debiera aspirar a dar una formación integral a los jóvenes, y este episodio es una obligada lección. Debiera plantearse la pregunta de qué debemos hacer a los protagonistas, profesores, por supuesto, para que la trasladen también a los alumnos ante esta situación. Y derivar una visión, como primera respuesta, de que allí, en la escuela, no solo hay algo que hacer, sino algo importante, y probablemente que no es solo reemprender las tareas como si aquí no hubiera pasado nada. Habrá que hacer más y mejor. Y darle forma. Y, sobre todo, ilusionarse e ilusionar con ello, con la tarea a realizar, que no es solo contribuir a la restauración, que no es otra que comprometernos a hacerlo mejor.

Para ello no se debiera confundir lo urgente y necesario con lo esencial e irrenunciable. En ese sentido quizás no esté de más hacer un recordatorio y una reflexión.

El recordatorio es que la educación no puede, no debe, renunciar al binomio equidad y calidad. Sin equidad estamos ante un sistema elitista, y sin calidad nos deslizamos por el riesgo de la mediocridad, lejos desde luego de las necesidades formativas de un mundo —y de un momento, este— particularmente exigentes. Un buen planteamiento y un aceptable desempeño de esta ecuación es lo que nos acercaría a los niveles de excelencia a los que el sistema debe aspirar.

La reflexión tiene que ver con la excelencia. Inevitablemente en resultados, que se plantean para todos, pues todos están escolarizados y todos deben ser motivados para que lleguen o se acerquen a ella. Pero la individualidad, cada alumno, que al final es el receptor y principal factor de su formación, influye y establece diferencias. Hay que recuperar a los que se rezagan, y eso implica una atención específica y una organización adecuada del modo de enfrentarla. La atención a las diferencias engloba también los talentos específicos que hay que cultivar. No se les puede olvidar ni desatender, por el respeto que merecen esos alumnos, por el bien de la sociedad que se beneficiará de sus logros futuros.

No, el igualitarismo es una visión tan inaceptable como el elitismo. La educación tiene el reto, técnico y ético, no lo olvidemos, de manejar la complejidad: no dejar a nadie descolgado y, a la vez, alcanzar niveles de calidad y atender la creación de talento diferenciado.
¿Estaremos tras la pandemia con ilusión y fuerzas para abordar este desafío? ¿Habrá demanda social, iniciativas docentes, impulso político? Los necesitamos.

(Emiliano Martínez, vicepresidente de la Fundación Santillana)